La Orientación: Una extinta secta pseudoterapéutica

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José Miguel Cuevas Barranquero 1

Ella no tenía problemas en diagnosticar. Era como si un mal día hubiera caído en sus manos un libro de psicopatología, o bien el mismo DSM-III, o IV, para comenzar a atribuir a cada uno de sus alumnos una dolencia que ella consideraba apropiada en base a sus antojos, emociones o en base a su “particular” conocimiento de la materia. De este modo, llegaron las “neurosis”, las “psicosis”, los “trastornos narcisistas de la personalidad”, “trastornos antisociales de la personalidad”, etc. Esas etiquetas se convertían en nuevos “entes” que según ella manejaban y controlaban a la persona. Sólo ella podía salvarlos de sus enfermedades, librarse de la visión de éstas. Ella podía orientarlos, guiarlos y de hecho, determinaba hasta el más mínimo detalle de sus vidas. Porque según ella aseguraba, desviarse de sus órdenes, actuar libremente, era equivalente a “actuar neuróticamente”, “actuar psicóticamente” o cualquier otra de sus etiquetas al uso. De este modo, el control de las vidas se hacía fácil. “Yo soy la profesional y me harás caso si no quieres acabar muy mal, o peor aún, dañando a los que te rodean”.

A muchos los amenazaba, incluyendo a menores de edad, con que estos acabarían debajo de un puente, mendigando, prostituyéndose, etc. Todo ello a personas competentes, trabajadoras, que la mayor parte de las veces tan sólo podían estar pasando un momento delicado y emocionalmente receptivo: un proceso de separación, una etapa adolescente normalizada, un despertar sexual, problemas laborales, etc., situaciones problemáticas no patológicas que cualquiera podría acabar superando adecuadamente por sí mismo.

Una parte interesante para sus adeptos es que de pronto descubrían que eran superdotados, que tenían una capacidad potencial increíble y que, además, por primera vez, creían pensar de un modo verdadero, de un modo real:

“Todo parece verse con claridad, puesto que se cree en una capacidad superior, así como en el conocimiento de la verdad”.

Cuando alguien cree tener una verdad, reduce significativamente su grado de ansiedad, de golpe TODO resulta coherente. Aunque a veces se pueda dudar, si “la orientación” funciona o no, si se abandona o no, siempre resulta más fácil creer que se está en lo cierto y, de algún modo, dejarse engañar por una gran mentira. Además, todo el esfuerzo desarrollado para mejorar facilitaba que los adeptos creyeran que estaban en lo cierto, que no existía otra alternativa para salir adelante. De este modo, a más años en el grupo, más dificultad para abandonar la secta. Así, comentaba un exadepto:

“Prefiero seguir aquí hasta los ochenta años, si con ello consigo vivir tan sólo un día de mi vida conforme a lo que tengo que vivir”.

Todos los problemas se debían de pronto a la familia, lo cual era algo que, de golpe, te quitaba cualquier atisbo de responsabilidad. De pronto tú no eres el responsable de tu vida. Teresa les hacía creer a sus adeptos que la inteligencia tan elevada que supuestamente poseían no era una cualidad, sino una gran “responsabilidad”, algo muy peligroso que se podía poner en su contra. Decía que un adulto superdotado que no había sido asesorado desde niño arrastraba siempre miles de problemas emocionales y de conducta… que estos adultos superdotados que habían sido “desatendidos por las escuelas y por sus padres” estaban destinados a fracasar socialmente…

Que ella era la única pedagoga que tenía “capacidad técnica y amplia experiencia” en tratar y conseguir que un superdotado no “asesorado”, pudiera volver al camino de la normalidad. Esta “irresponsabilidad” de no haber sido asesorado era una grave falta que atribuía a los padres de sus pacientes… hablaba de los padres como pésimos progenitores, por no haber detectado a tiempo, por no haberles ayudado a utilizar “adecuadamente” su inteligencia. Por supuesto, los padres críticos se convertían en pésimos progenitores, peligrosos, que además, siempre pretendían y buscaban el mal para sus descendientes. Los adeptos habían “desperdiciado su inteligencia”, había mucho daño que resultaba irreparable. Los padres no lo habían hecho por ignorancia, no, no era una negligencia: lo habían hecho “por maldad”, porque de otro modo no se entiende que no hubieran actuado para aportarles una educación adecuada. Se les culpaba gravemente, siendo los adeptos verdaderos mártires de todo lo que pudiera ocurrir en el presente y el futuro, puesto que en teoría, estaban determinados por todo lo que ocurrió en esas horribles pautas de crianza. Se modificaban y alteraban las biografías personales, resaltaba y exageraba cualquier punto negativo para exaltarlo y convertirlo en símbolo de todo lo ocurrido en el pasado. Se modificaban recuerdos… ahora los adeptos tenían en su mente la seguridad de que sus padres, o sus hermanos, eran sus peores enemigos: habían intentado matarlos, los habían amenazado de muerte, los habían tenido amedrentados y anulados todos los días de su vida… distintos traumas y problemas inducidos que la mayoría de las veces nacían en la imaginación de una mente enferma. Una mente enferma pero creativa y carismática, tanto como para conseguir convencerles de su realidad.

Los alumnos eran captados piramidalmente. Cuando alguien conocía a un amigo que podía dar el perfil adecuado, Teresa trataba que el alumno captara a este amigo, que lo acompañara a una de sus sesiones. Antes de esta sesión les instruía para que hablaran a los potenciales alumnos de la terapia: “recuérdales lo mal que estaban antes y lo “bien” que te encuentras ahora, con mi terapia”. Que no dudaran en explicar sus problemas e intimidades y cómo éstos podían ser superados con el asesoramiento especializado de sus consultas. Investigado el caso, antes de la sesión, se les sacaba información relevante que luego la líder preparaba para sus primeras consultas. De este modo, si ibas a verla, podía parecer una persona muy intuitiva, que en unos minutos, de pronto, parecía como si te conociera (de hecho, ya te conocía de antemano)… parece que sabe mucho más de ti que la mayoría de las personas que te conocen.

Al margen de los distintos diagnósticos y problemas, los alumnos eran organizados jerárquicamente, con categorías denominadas: “novatos”, “aprendices de veteranos”, y “veteranos”. Los alumnos eran mezclados en los grupos ingeniosamente, utilizándose a los veteranos para conseguir gradualmente la adhesión de los novatos. Los captadores no eran personas perversas que “introducen a alguien en una secta”. Son personas que creen una realidad distorsionada, deseosos de compartir un supuesto bien, un bien que creen universal y necesario para sus allegados. Por tanto, son los mejores “vendedores”, los mejores “captadores”.

Con este mecanismo, familias enteras podían entrar dentro del grupo. De este modo, los problemas económicos del sistema familiar (pagando tantas terapias) era cuestión de tiempo. Así, la dependencia total de otros miembros y de Teresa también se acentuaba. Debían acudir a continuas sesiones obligatorias, multiplicadas por cada uno de los miembros. A pesar de los años, las sesiones no reducían, sino que incluso incrementaban, pudiendo incluso acudir diariamente, incluyendo algún que otro domingo o festivo. Así, casi todos acababan endeudados con ella. Ante esta situación, les seguía solicitando las cuotas que debían, sin ceder en ningún momento en la posibilidad de reducir el número de citas semanales que ya no podían pagar. Algunos, animados por su consejo, llegaron a vender sus propiedades para hacer frente a las deudas, acababan conviviendo al amparo de otro miembro, que les cedía su vivienda, por orden o “recomendación” de Teresa. Aquellos miembros no convencidos eran repudiados, rechazados y víctimas de la presión de la secta y la ira de Teresa. Los disidentes más afortunados eran condenados al aislamiento. Su secta generó graves problemáticas familiares, rupturas sentimentales e incluso que familias más o menos normalizadas acabaran totalmente desestructuradas.

Muchos miembros acababan viviendo juntos en un mismo apartamento. Los apartamentos estaban situados cerca de la casa de la líder, así ella podía controlar mejor a sus adeptos. Estos eran elegidos “a dedo” por ella. Los compañeros de piso no tenían por qué ser la persona querida o el mejor amigo, sino el que ella determinara. Todos recibían encargos de Teresa, que debían cumplir: vigilar a otros miembros, acompañarlos a determinados sitios (citas médica, banco, lo que sea), visitar a compañeros a los que debían animar o hundir según ella lo encargara, cuidar a personas con dificultades físicas (asearlos, vestirlos, etc.), etc.

Cuando alguien entraba en “crisis”, según la líder, que significaba en realidad, que alguien empezaba a dudar de sus “eficaces técnicas” y de su trágica terapia, o que dejaba de obedecerla (o que parecía que iba a dejar de desobedecer), se iniciaba un gran mecanismo de presión por parte de los integrantes más cercanos a la persona crítica.

Se utilizaba múltiples técnicas, el famoso “vacío emocional” y otras técnicas hostiles y coercitivas: amenazar con un futuro caótico y catastrófico, inducir culpabilidad y miedo, manipulación del grado de apoyo y afecto de los allegados, situaciones violentas, espiar sus comunicaciones y un largo etcétera. La mayor parte de las veces conseguía que nuevamente, el “crítico” volviera a “razonar”, que volviera a aceptar irracionalmente (y ajeno a su propia voluntad) la sumisión al grupo…

Pérdida de la salud

Algunos adeptos perdieron propiedades y bienes, pero lo más grave, los integrantes más antiguos veían deteriorada gravemente su salud, hasta el punto incluso de peligrar su vida. Todos estaban hipermedicados, con recetas que la misma Zonjic no dudaba en “recetar”, a pesar de que careciera de título alguno que permitiera esta facultad. En algunos casos “derivaba” a un psiquiatra conocido por ella, al cual mandaba con un diagnóstico previo, con un informe a sobre cerrado. En el sobre se indicaba instrucciones (o “recomendaciones”) para el psiquiatra, indicando al paciente que sólo lo leyera el profesional, prohibiéndole cualquier información sobre su estado. En estos informes describía los supuestos síntomas que padecía el paciente, la mayoría falsos o exagerados, con el fin de así poder conseguir que un profesional acreditado prescribiera la medicación que ella deseaba administrar.

Ella misma instruía en sus entrevistas sobre qué debía decir al psiquiatra y qué no debía decir, no dudando en pedir que mintiera o distorsionara para teóricamente “no confundir de diagnóstico al profesional”. Además, siempre iban acompañados al psiquiatra por otro adepto “veterano” que comprobaba que cumplían estrictamente las instrucciones de Teresa. La mayor parte de los integrantes fueron así medicados, sin padecer más trastorno que la dependencia al grupo y su líder, así como los síntomas propios de permanecer en un ambiente caótico como el sectario, donde se inhibía el ejercicio, se comía mal e insanamente, se salía poco de casa, se inhibían las relaciones normalizadas, se alteraban las emociones, etc. Una gran parte fueron medicados con fármacos neurolépticos (antipsicóticos). Lo más grave es pensar que más del 50 % de una población previamente sin diagnóstico psiquiátrico y que ni tan siquiera habían recibido tratamiento psicológico, tuvieran de golpe un diagnóstico de un trastorno grave y crónico. Todo el que pasaba por allí acababa considerándose que “entraba” en enfermedad mental, fruto en teoría de la genialidad intelectual que Zonjic atribuía a sus alumnos, tal como ella los llamaba.

Ella disponía por tanto lo que debían tomar en todo momento, negaba el tratamiento médico si así lo estimaba, o lo obligaba cuando el paciente no lo necesitaba, siempre en base a conseguir sus propios fines. Tal como ella decía con la boca abierta: “La gente habla del lavado de cerebro y del control mental muy fácilmente… realmente es imposible el control mental, salvo que se usen medicamentos”… cosa que ella no dudó en utilizar. Decía que el control mental requería por tanto del uso de tratamiento farmacológico y una vez que se dejaba de usar la persona volvía a su normalidad. Esto nos hace entender de su insistencia en que todos tomaran alguna medicación psiquiátrica crónica. De este modo, todos los adeptos acababan hinchados, en gran parte porque muchos de los medicamentos prescritos retienen líquidos y, por otro lado, por las condiciones de vida dentro de la secta, en el que se llegaba a prohibir el ejercicio físico en pro de un análisis continuo e “intelectual” que los mantenía ocupados todo el momento. Comentaba un familiar de un exadepto:

Los alumnos eran captados piramidalmente. Cuando alguien conocía a un amigo que podía dar el perfil adecuado, Teresa trataba que el alumno captara a este amigo, que lo acompañara a una de sus sesiones. Antes de esta sesión les instruía para que hablaran a los potenciales alumnos de la terapia: “recuérdales lo mal que estaban antes y lo “bien” que te encuentras ahora, con mi terapia”. Que no dudaran en explicar sus problemas e intimidades y cómo éstos podían ser superados con el asesoramiento especializado de sus consultas. Investigado el caso, antes de la sesión, se les sacaba información relevante que luego la líder preparaba para sus primeras consultas. De este modo, si ibas a verla, podía parecer una persona muy intuitiva, que en unos minutos, de pronto, parecía como si te conociera (de hecho, ya te conocía de antemano)… parece que sabe mucho más de ti que la mayoría de las personas que te conocen.

Al margen de los distintos diagnósticos y problemas, los alumnos eran organizados jerárquicamente, con categorías denominadas: “novatos”, “aprendices de veteranos”, y “veteranos”. Los alumnos eran mezclados en los grupos ingeniosamente, utilizándose a los veteranos para conseguir gradualmente la adhesión de los novatos. Los captadores no eran personas perversas que “introducen a alguien en una secta”. Son personas que creen una realidad distorsionada, deseosos de compartir un supuesto bien, un bien que creen universal y necesario para sus allegados. Por tanto, son los mejores “vendedores”, los mejores “captadores”.

“Además, parecen más mayores, yo no reconocía a mi hermano, no sabía ni que era él. Lo tenía muy cerca y no lo reconocía, super hinchado, como si el cuello fuera una pieza desde aquí, así de ancho, las manos como salamanquesa, con los dedos hinchados, barrigón pero hinchado”.

“Todos, en especial ellas, eran el reflejo de Zonjic, todos a imagen de ella. Incrementaban de peso, se hinchaban, su piel se volvía muy blanca, como la de ella (que además era especialmente blanca, no sólo por su origen nórdico, sino por su estilo de vida sedentario, apenas salía de su hogar), imitaban su peinado, descuidando el pelo, dejándolo crecer hasta la cintura incluso y recogiéndolo con una enorme y ridícula cola. Ella estaba orgullosa de su ridículo peinado, de su vestimenta destartalada y descuidada, pero lo peor es que conseguía que sus alumnos se convirtieran en un reflejo de su persona. Vestían como ella, puesto que incluso ella decía qué podían o no podían ponerse, se peinaban como ella, parecían clones”.

El cambio físico era tan evidente que resultaba difícil reconocer a algunos miembros, incluso por parte de familiares. Bastaba con comparar a simple vista una foto previa al ingreso y otra del momento en que estaban dentro, para apreciar las notables diferencias. Había miembros irreconocibles que además, ahora parecían el reflejo de Teresa Zonjic.

“En realidad todos parecen un calco de Teresa, pues hacen la misma vida. Chicas guapísimas, que incrementan de peso, llevan su mismo peinado y que parecen su vivo reflejo, todos la misma mirada, la misma postura, la misma forma”.

Algunos de los casos más graves llegaban hasta el punto de la incapacitación. Andrés, de constitución delgada, llegó a incrementar de peso hasta tal punto que su movilidad se veía alterada. Ante esta dificultad y para supuestamente prevenir caídas innecesarias, Teresa mandó que fuera siempre en silla de ruedas, siendo recluido de este modo varios meses, hasta el momento en que abandonó el grupo. Fue perdiendo movilidad y anulando su personalidad hasta extremos inimaginables. Hoy en día, Andrés ha vuelto a su peso. No requiere evidentemente, ni requería en su momento, silla de ruedas. Goza de buena salud y de una vida autónoma y satisfactoria.

En otros casos, Teresa induciría también dolencias físicas inexistentes. Hasta tal punto que algunos han llegado hasta la consulta de algún cirujano, que ante la insistencia de un dolor poco específico ha acabado operando. Esos problemas sin más causa aparente que la queja del paciente acaban finalmente provocando deficiencias y discapacidades crónicas. Evidentemente, la queja del paciente siempre es la que Teresa les dictaba. A veces, la lesión era provocada también por el estilo de vida dentro del grupo. Por ejemplo, a un adepto le indicó que sufría una dolencia de muñeca que le incapacitaba para cualquier mínimo uso. Esto le conllevó múltiples prohibiciones diarias que poco a poco iban deteriorando y fragilizando su muñeca: no podía llevar ningún peso, como la bolsa de la compra, no podía tocar ningún instrumento, ni siquiera conducir cualquier giro estaba prohibido y requería un reposo absoluto. Esto, a lo largo de un tiempo indefinido, provocó finalmente una debilitación de tal tipo que cualquier movimiento brusco dentro de la vida normal le podía provocar una fractura u otro tipo de lesión. Estas consecuencias provocaran importantes problemas en el ámbito laboral, inclusive múltiples bajas, la necesidad de cambiar de empleo e incluso la incapacidad permanente.

Teresa Zonjic fue juzgada en abril y mayo de 2005, siendo condenada por el Juzgado de lo Penal nº 2 de Málaga, con causa 21/2005, a dos años de prisión e inhabilitación especial para el ejercicio de su profesión (pedagogía) y cualquier otra amparada en su titulación, el pago de las costas jurídicas, una multa de diez meses a razón de una cuota diaria de treinta euros, más cincuenta y un mil euros de responsabilidad civil, concretados en tres mil euros a cada uno de los afectados denunciantes. En total, todo supone una cifra que ronda los setenta mil euros. Acusada por coacciones continuadas, intrusismo profesional, amenazas y estafa (si bien se probó dos de los cuatro delitos, el de coacciones y el de intrusismo), la sentencia recogía claramente que se había creado una organización sectaria liderada por Teresa, la cual había desarrollado técnicas de coacción psicológica que habían facilitado la sumisión absoluta de sus adeptos. La coacción, el intrusismo y otros delitos quedaron constatados en el juicio con toda claridad, no así las amenazas y estafa, que no quedaron probadas.

El juicio, que en principio estaba programado para una hora, acabó alargándose hasta un total de más de veinte horas, repartidos en cuatro días diferentes. La acusación particular la formaban antiguos miembros del grupo y familiares, más de veinte en total. Las diligencias previas comenzaron en 1999, año en que se realizaron las denuncias, entonces algunos miembros aún adeptos declararon a favor de su líder. Afortunadamente, algunos de ellos salieron del grupo posteriormente, de tal modo que en el 2005 su percepción de la realidad cambió drásticamente, hasta tal punto de poder percibir objetivamente el daño infringido por parte de la secta. En ese sentido, declararon en contra de Teresa. Otros miembros, más recientemente salidos del grupo, aún se sentían confusos con respecto a todo lo vivido, de este modo no denunciaron ni declararon, aunque algunos de estos casos se trataron en la causa e incluso se les consideró perceptores de indemnizaciones por responsabilidad civil.

Dicha causa impactaba drásticamente, no sólo a la fiscalía, sino incluso a la secretaria y al juez. Eran sorprendentes los hechos que se acontecían y todos los testimonios se verificaban. Pero lo más impactante fue que hasta los testimonios a favor de Teresa Zonjic, los tres únicos miembros que aún permanecían en el grupo, resultaron esclarecedores y verificaban lo que estaba ocurriendo en el seno de este grupo. Pese a que estos testimonios que mostraban eran radicalmente opuestos (negando cualquier pertenencia a estructura sectaria, así como cualquier indicio de delito) los datos resultaban igualmente congruentes con todo lo que apuntaba la acusación. Esto quiere decir, que más allá de mentir a favor de Zonjic, manifestaban una visión de la realidad alterada, unos argumentos aprendidos y artificiosos que ellos mismos creían y compartían, pero que se mostraban demasiado contrarios a las evidencias vertidas en el juicio. Es más, el juzgador manifestó claramente en la sentencia que los tres adeptos sobresalían por su confusión mental y emocional, siendo muy evidentes los daños que estaban padeciendo bajo la influencia de Teresa Zonjic.

Tal como describe la sentencia, en torno al cambio entre la declaración de algunos miembros en el momento en que estaban dentro, frente a lo manifestado en el juicio, seis años después, libres de la dinámica sectaria: “Las diferencias en ciertos casos entre las declaraciones efectuadas por un mismo deponente, según el momento procesal en que eran realizadas, no sólo eran evidentes, sino incluso honestamente reconocidas por sus autores, si bien espontánea y justificadamente razonadas sobre la base de la percepción falseada de la realidad entonces padecida, dada la proximidad temporal entre los hechos juzgados y las manifestaciones que vertían sobre ellos en los iniciales estados procesales del presente juicio”.

No es que ellos hubieran mentido ahora ni entonces a favor de Zonjic, sino que la percepción de la realidad entonces estaba totalmente distorsionada e influenciada por la dinámica sectaria vivida entonces, manifestando por tanto una visión poco coherente y objetiva, muy emocional y defensiva, idealizando a su líder e incapaces de valorar en ese momento las evidencias en contra.

Con respecto a las consecuencias de los aún adeptos, la sentencia expresa lo siguiente: “Igualmente coherentes resultan entre sí y con esta sentencia el grueso de los testimonios vertidos en el plenario por la práctica unanimidad de los testigos y ello, tanto se realizaran en sentido inculpatorio como exculpatorio, proviniendo los primeros de aquellos testigos que nunca formaron parte del grupo o que ya salieron del mismo, y los segundos, de aquéllos otros que aún lo integran. Precisamente, es criterio de este juzgador que el desconcertado estado mental y alteración emocional que aún padecen quienes se mantienen bajo el manto de la influencia de la acusada les lleva a deponer en el sentido en que lo hacen, ratificando de esta forma, aún sin pretenderlo, el acierto de la presente resolución”. Es decir, que el testimonio defensivo, a pesar de intentar ayudar a la acusada, venía a ratificar lo que se estaba exponiendo en el juicio: que dentro del grupo se llevaba a cabo técnicas de persuasión coercitiva que, de algún modo, estaban afectados, víctimas de un lavado de cerebro que los llevaba a dar un testimonio en contra de evidencias, con excesiva polarización a favor de Zonjic e, incluso, con detalles que probaban el mal hacer de ésta: el intrusismo profesional, la medicalización de los adeptos, las técnicas de coacción, el aislamiento familiar, las alteraciones emocionales, etc.

Este juicio no hizo más que constatar que es posible luchar, también judicialmente, contra las sectas destructivas. Es un buen modelo sobre el funcionamiento de la Justicia y cómo una secta siempre es juzgada por los delitos que comete, nunca por las creencias que propugna, si bien estas en ocasiones suelen ser el objeto de defensa legal del grupo, escudándose en el derecho de libertad religiosa, frente a los graves atentados a las libertades individuales, perpetrados diariamente por estas organizaciones destructivas.

Teresa Zonjic fue su propia y última víctima. Tras el pasó de un año en la cárcel su salud y su sedentarismo se agravó hasta el punto de la incapacidad. Su ánimo y genio hostil, su viral persuasión se tornó en pasividad, desánimo y anulación, quizá desesperación. La mayoría de sus adeptos la abandonaron, quedándose con cierto apoyo de una o dos personas que de cuando en cuando seguían visitándola. Su propia familia, según me indicaron sus últimos adeptos, acabó por ignorarla (en cierta medida, su familia también pudo ser victima de su excesiva ira, su mal genio, su hostilidad…). Sus “adeptos”, o como ella los llamaba “sus alumnos”, eran su vida, una relación unidireccional, hostil, violenta, desequilibrada… pero de los cuales también parecía depender. Su “vida”, la vida de un “líder sectario”, era “su secta”… y su secta murió con ella. Aproximadamente un año después de su puesta en libertad un ex adepto me llamó… estaba en el cementerio. Había ido por otro motivo y accidentalmente se encontró con una lápida de hormigón que figuraba el nombre de Teresa Zonjic Hoyden. Él había sido víctima de esa mujer durante varios años, ella le había generado un profundo dolor durante su estancia en la secta y peor aún, seguía causándole dolor, pues un familiar siguió dentro después de su marcha (todavía entonces no habían reconciliado la situación familiar). Sus sentimientos… momento duro, confuso y alterado… todo el drama de esta organización parecía estar acabando… con la muerte de una persona renacía una esperanza de solución, la esperanza de libertad de los últimos sometidos por Teresa.

Notas

  1. Psicólogo clínico y social. Experto en adicciones. Doctorando en psicología social, elabora su tesis doctoral sobre el fenómeno sectario en la Universidad de Málaga. Se ha especilizado en la ayuda familiares y ex miembros de sectas, desarollando su actividad profesional en Marbella

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