Sectas y derivas sectarias

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Miguel Perlado 1

El lugar desde el que les hablaré será desde la experiencia ya de dieciséis años trabajando con personas vinculadas a sectas. Casi prefiero hablar en un sentido genérico de relaciones sectarias. Es muy complejo definir con precisión aquello que se entiende por secta. De entrada, las sectas no son exclusivamente religiosas. Este es uno de los estereotipos más habituales y casi siempre que se habla de ellas tiende a vincularse a lo religioso, eclipsando así su creciente presencia en otros terrenos, como por ejemplo en el mundo de la empresa. Por un lado, estos movimientos generan sus propias empresas satélite que nutren de trabajo voluntario el engranaje del grupo. Pero en los últimos años, han multiplicado sus propuestas en empresas especialmente en la formación profesional o la consultoría a empresas (en recursos humanos, comunicación institucional u otras áreas). Pero también podemos encontrar a algunos grupos con aspectos sectarios en el mundo de la educación (guarderías, escuelas primarias, en centros de acogida o incluso en el ámbito universitario a través de pseudouniversidades). Otras tienden a especializarse en ámbitos paramédicos, ofreciendo numerosos diplomas y cursos. Se aprecia igualmente una tendencia creciente de la presencia de estos movimientos en ámbitos relacionados con la salud, como por ejemplo en el terreno de la psicoterapia, pero también en la atención a enfermedades terminales (cáncer, SIDA), la atención al parto, la rehabilitación de toxicómanos y a personas en riesgo de exclusión.

La multiplicidad de formas que adopta dificulta su visibilización. Hoy en día, las propuestas pueden oscilar desde aquellos grupos de contacto con seres extraterrestres hasta aquellas otras basadas en principios budistas o hinduistas, pasando por otras que suponen combinaciones variadas de terapias o viajes chamánicos a la esencia de uno mismo. En un contexto social frágil y vulnerable narcisíticamente como el que vivimos, estos movimientos han aprendido a absorber las fallas de la sociedad en que se mueven, de tal modo que pueden criticar el consumo, el vacío espiritual de la sociedad, proponiendo una pseudobúsqueda de sentido: ya no se trata de luchar para alcanzar un mundo mejor, sino de estar en conexión y armonía con uno mismo. Bajo la promesa de un proyecto común, el resultado tiende a ser un individualismo exacerbado, proliferando los recetarios, los libros de autoayuda o seminarios ad hoc para alcanzar un estado mental positivo, o la conexión con la Madre Naturaleza, una toma de ayahuasca que permita un viaje espiritual … Bajo la apariencia de una propuesta innovadora -que ha llevado a algunos sociólogos a hablar de nuevos movimientos religiosos– un eufemismo interesante para evitar la espinosa cuestión, lo que encontramos son viejas propuestas o una melange indigesta de propuestas envasadas para un mayor consumo. Sucede lo mismo en el ámbito de la terapia en sentido extenso, proliferan nuevas terapias que miradas de cerca no son más que reactualizaciones tuneadas para una rápida satisfacción del cliente, basadas más en eslóganes que funcionan como mantras antes que en procesos que estimulen pensamiento.

Entre las mutaciones que han sufrido estos movimientos en los últimos años (Perlado,2002) cabe destacar que hemos pasado de los gurús con túnica a los gurús con traje, con propuestas que se dirigen directamente al self más nuclear de los adeptos, con actividades cada vez más difusas y complejas, con una estructura aparentemente horizontal, con la colaboración de académicos y la entrada de ciertos movimientos sectarios en organismos europeos. Esto ha vuelto el terreno mucho más insidioso e indirecto y excedería los límites del tiempo que tengo previsto extenderme en toda la extensión social del fenómeno.

Desde el punto de vista de la psicopatología asociada, Font & Atxotegi publicaron un trabajo en el 1994 en donde reagrupaban en tres grandes bloques la psicopatología que puede observarse en este tipo de grupos con un funcionamiento sectario:

Por un lado, encontramos psicopatología de la serie paranoide, a través de un intenso adoctrinamiento ideológico por el cual se estimula la creencia que lo bueno está dentro del grupo y el objeto-malo fuera del grupo, ambos extremos se llevan al paroxismo estimulando una fuerte escisión. Se promueve la exaltación emocional dentro del grupo, estimulando el proselitismo, dado que lo malo está ubicado en el exterior, pudiendo darse deslizamientos fanáticos.

Pero también encontramos psicopatología de la serie obsesiva, que se observa en los elementos de control tanto individual como grupal, con control de la información, seguimiento estricto de rituales o prácticas determinadas, aplicación inalterable de ciertos principios y la obligatoriedad de repetir determinadas acciones, gestos o expresiones, etc. El grupo se protege mediante el aislamiento y puede el funcionamiento puede oscilar entre un control excesivamente rígido al extremo contrario a modo de formación reactiva (como puede pasar en el plano económico de estos grupos). La rigidez obsesiva puede dar lugar a comportamientos integristas.

Y, finalmente, psicopatología de la serie perverso sadomasoquista, a través de relaciones basadas en el engaño, la mentira y la dominación, donde el beneficio se obtiene precisamente de su sufrimiento o la destrucción de la mente del adepto (en su extremo fanático, llevaría a actuaciones mortíferas). Se acompaña de un funcionamiento del gurú en un registro de narcisismo patológico (o en otros términos de perversión narcisista), en donde se transgreden los límites de lo tolerable para desembocar en la explotación física, sexual, profesional, espiritual o intelectual.

Frente a otro tipo de formaciones grupales que persiguen un ideal y que no resultan dañinas, los grupos sectarios terminan llevando a una parcialización del pensamiento que interfiere significativamente en la vida de la persona; se trata de grupos elitistas, que avanzan mediante la ocultación, la infiltración, un discurso paranoide y unas prácticas perversas que hacen del sujeto un instrumento (adepto).

Diría que todo ello es contrario a un proyecto transformador que persiga la autonomía, pero en la parte final de mi exposición volveré sobre este punto para ofrecer algunos indicadores generales que permitirían discernir entre aquellas propuestas que promueven el crecimiento y la integración psíquica, frente aquellos otros en donde la perversidad campa a sus anchas.

La clínica

El sectarismo no es exclusivamente un fenómeno grupal. Si descendemos al terreno de la clínica, podemos encontrarnos con relaciones sectarias, lo que permite contemplar en mayor amplitud la diversidad de gradaciones e intensidades en la continuidad del abuso de debilidad (Hirigoyen, 2012). Entiendo por relación sectaria “toda aquella relación por la cual una persona induce de modo intencional a otra/-s a ser muy o totalmente dependiente de prácticamente todas las decisiones vitales, inculcando en sus seguidor/-es la convicción que él / ella posee un don, un talento o un conocimiento especial”.

Es, de un modo u otro, toda aquella relación entre dos o más personas en la que una de ellas toma control sobre la otra, mediante el convencimiento absoluto de la omnipotencia de aquél. Y esto con independencia de la idea sostenida, aunque en la base siempre encontremos la promesa de una transformación. Hay intencionalidad, inculcación ideológica e imposición de una convicción totalizante. Y parte de lo que resulta de este vínculo, recuerda a lo que el mismo Freud señalara hace ya muchos años a propósito del enamoramiento y su relación con el estado hipnótico: “la misma sumisión humilde, la misma docilidad, la misma ausencia de crítica hacia el hipnotizador como hacia el objeto amado. La misma reabsorción de la iniciativa personal; no cabe duda, el hipnotizador ha tomado el lugar del ideal del yo” (Freud, 1921).

El vínculo sectario es pasional, poco tiene de racional. O lo que es lo mismo, el problema del sectarismo no es racional sino relacional. Si bien la pasión amorosa es del mismo orden que la creencia, en el caso que nos ocupa la víctima se enamora de la imagen proyectada por el gurú, que funciona como señuelo, como un engaño que busca seducir para capturar y posteriormente dominar. Aquí la diferencia es el grado de destrucción que se deriva de la misma relación, basada en una impostura.

Aunque todavía se discute apasionadamente sobre si la vinculación a una secta es resultado de una búsqueda, de psicopatología individual o grupal, de disfunciones familiares, o de prácticas sistemáticas de influencia excesiva y no éticas, lo cierto es que desde un punto de vista psicoanalítico todas esas opciones no son excluyentes entre sí, sino que podrían coincidir en grados diversos. En esta línea, algunos autores han remarcado la importancia -como factores de vulnerabilidad específicos- de la patología borderline y patrones simbióticos de relación familiar (Markowitz, 1983), sin olvidar que fundamentalmente estos movimientos buscan personas productivas, es decir, sin excesiva carga psicopatotógica y si la hubiere la experiencia es que son expulsados. Muchos miembros en activo parecen tener igualmente problemas previos con el manejo de la propia agresividad y los sentimientos de culpa (Deustch & Miller, 1983), de tal modo que las estrategias de atracción y retención -descritas desde enfoques relacionados con la psicología social- pueden dirigirse justamente a esas emociones más nucleares.

Pese a que las personas que entran en sectas no muestren necesariamente psicopatología previa (aunque ésta pudiera quedar enmascarada por las presiones y las altas exigencias del grupo) y que los miembros en activo parezcan bien adaptados en general, lo cierto es que una parte creciente de los estudios muestran que una pequeña parte de ex miembros experimentan importantes dificultades emocionales y cognoscitivas a la salida de estas relaciones (McKibben et el., 2001).

Aparte de la psicopatología que antes mencionábamos que puede darse en grados diversos según el grupo, la atención a personas envueltas por sectas –y digo envueltas por– muestra una serie de cambios sintomáticos que han sido recogidos en diversas propuestas diagnósticas que han pasado por considerar el vínculo sectario como un trastorno disociativo (Delgado, 1977; West & Singer, 1990), o bien como un trastorno de la relación (Sirkin & Wynne, 1982) o incluso un trastorno adictivo (Cubero, 2001; Perlado 2009). Principalmente, estos cambios se concretan en los siguientes ítems que pueden observarse en estadíos de vinculación militante con el grupo:

1) El adepto dedica cada vez más tiempo a actividades del grupo, lo que se acompaña del abandono de intereses personales o profesionales previos;

2) Aparecen sentimientos afiliativos intensos hacia el grupo junto con cambios hacia el entorno (mentiras, irritabilidad ante la crítica y una autocrítica desmesurada hacia su pasado);

3) Se reduce la flexibilidad cognitiva, con una tendencia creciente a un discurso monotemático, negación del problema y respuestas cliché aprendidas del grupo;

4) Se experimentan vivencias de euforia o hipomanía alternadas con momentos de embotamiento afectivo o estrechamiento de la conciencia;

5) Aparecen signos de evidente regresión, como un mayor infantilismo o la dependencia patológica al grupo y sus líderes;

6) Pueden aparecer cambios físicos que pueden incluir la pérdida de peso, el deterioro físico, una expresión facial extraña (tipo máscara) o la mirada perdida;

7) En algunos casos, aparecen reacciones sintomáticas disociativas, junto con una mayor rumiación obsesiva, irritabilidad, pensamiento delirante u otros síntomas psiquiátricos.

Consideraciones

Desde luego, el psicoanálisis tiene algo que decir sobre este tipo de vínculos tan patológicos. Desde una comprensión psicoanalítica, podríamos entender que el compromiso del adepto descansa sobre una relación de transferencia muy intensa explotada en beneficio del gurú, en donde se estimula la regresión y la idealización para incrementar la dependencia del adepto.

Diría que la relación sectaria entre dos o más personas es una modalidad de relación de dominio (Dorey, 1981) en el sentido de apoderamiento de la mente del otro, que tiende a llevar a que el adepto niegue una parte de la realidad y se vea empujado a la actuación de lo reprimido, reactivando así las partes más arcaicas de la personalidad. Mediante un empleo masivo de la identificación proyectiva y la “interpretación loca” de contenidos inconscientes, se llega a rebajar al adepto a la condición de cosa, instaurando un nuevo lenguaje que emana de la voz dogmática del gurú.

Una vez “sorbido el seso” (Recamier, 1986) del adepto, el pensamiento de adepto pasa a pertenecer al grupo. Lo que se ofrece es una convicción totalizante (Lifon, 1961) y ésto lleva a una inflación yoica. La vulnerabilidad del adepto es sustituida por una convicción dogmática que recubre con la apariencia de bienestar, lo que podríamos relacionar con las aportaciones de Winnicott a propósito del falso self (Winnicott, 1960) o las aportaciones de Didier Anzieu (2002) a propósito del yo-piel y la envoltura psíquica e incluso con trabajos sobre la figura del impostor (Greenacre, 1958).

La convicción del gurú tiende a desplegarse en el tiempo a través de varios momentos.

Primero, el gurú seduce a través de sus encantos, moviéndose con cinismo, con un gran carisma y un discurso que invita a la transgresión, captando aquello que es frágil en las personas para accionar sobre esos resortes emocionales, prometiendo alcanzar un estado de omnipotencia y plenitud, empleando al grupo como instrumento y trampolín para invadir la mente y confundir el pensamiento.

Una vez conseguida la seducción y habiendo accionado sobre los aspectos de vulnerabilidad, el gurú busca vampirizar, esto es, dominar la mente, apropiándose de las capacidades de la persona para destruirla, funcionando como un depredador para parasitar de los adeptos, haciéndose las víctimas para alcanzar mayor soporte de sus adeptos, insinuando o poniendo las palabras en boca de los demás y estimulando a la propaganda. Para dominar, el gurú tenderá a aislar a la víctima de sus amistades, familia o entorno previo, porque de este modo se allana el terreno para empezar a enloquecer a la víctima.

Finalmente, la dominación requiere ser mantenida, por lo que el gurú hará gala de la programación, mediante una propaganda intensa orientada a “sorber el seso” (Recamier, 1986). Y si la programación de la mente del adepto falla, siempre queda el recurso a la amenaza (no necesariamente física, sino sobretodo emocional).

Atacando al equilibrio narcisista del adepto se le disloca de su mundo interno y se le sitúa ante un estado mental al límite en donde se sostiene que la única fuente de ayuda es el gurú o el grupo. Al mismo tiempo, todos los ataques a los vínculos  lleva a que la confianza en las propias experiencias desaparezca e invadan la mente ansiedades intensas. Se induce y manipulan los sentimientos de culpabilidad, atribuyéndose a la familia las causas de todo malestar; esta tergiversación de la propia historia infantil puede llevar a que el adepto esté convencido de haber sido abusado sexualmente o agredido físicamente por alguno de sus padres durante la infancia. Tal reinterpretación perversa de los aspectos infantiles de la personalidad lleva al adepto a un mayor estado de indefensión y culpa donde tan sólo queda la opción de investir al gurú como salvador. La exaltación narcisística que supone la entrada en una relación sectaria termina finalmente desembocando en una tremenda hemorragia a la salida de estas relaciones.

Pero mientras se está adentro -ya que se puede estar adentro mentalmente aún estando fuera físicamente- la persona funciona disociadamente, de forma que no es infrecuente que muchos profesionales puedan ver a estos pacientes como psicóticos a su salida por los importantes desequilibrios que manifiestan.

Comentarios

Me parece que si ahora volvemos al título de esta ponencia, podríamos decir que justamente estos cambios no se observan en un proceso de conversión religiosa saludable o en una espiritualidad de la autonomía. Ni tampoco en un proceso de transformación de cualquier índole que persiga el crecimiento y el desarrollo de las personas.

Son justamente la antítesis. La sectarización es el negativo de la espiritualidad. O dicho de otro modo, la perversión es el negativo de la conversión. En el ámbito religioso, he tenido ocasión de conocer a religiosos que me merecen respeto y confianza y no dudo que de hecho la religión ayude a crecer a las personas; es más, en mi trabajo con pacientes vinculados a sectas religiosas les resulta de utilidad poder hablar también con religiosos. Lo mismo puede decirse de cualquier otro ámbito en donde las sectas se introducen, sean entornos comerciales, terapéuticos o los que fueren.

La sectarización viene acompañada casi siempre de grados diversos de abuso emocional o espiritual. Como señalaba Ronald Enroth a propósito de un estudio que realizó con comunidades evangelistas (Enroth, 1992), “mientras que el abuso físico tiende a dejar cuerpos magullados, el abuso espiritual y pastoral deja marcas en la mente y en el alma […] la perversión de poder que puede observarse en estas iglesias abusivas tiende a dividir y romper a las familias, fomentando una dependencia patológica de sus miembros al líder y creando, por último, una importante confusión espiritual en la vida de sus víctimas”.

Para concluir, pensé en compartir con ustedes alguna de las principales diferencias que podríamos encontrar entre proyectos de grupo que persiguen la autonomía frente aquellos otros que tienden a fomentar una dependencia patológica (y que podríamos traspasar a cualquier otra relación asimétrica en cuanto al grado de poder ejercido, con independencia de si es o no espiritual):

  1. Un proyecto de grupo que persiga la autonomía es respetuoso con la libertad de las personas, mientras que en el otro extremo encontramos la exigencia de una sumisión incondicional y la obediencia ciega.
  1. Los proyectos de grupo que persiguen la autonomía respetan el tempo de las personas, ayuda a pensar con calma antes de tomar una decisión, mientras que en el otro extremo encontramos la presión para la toma de decisiones y la no tolerancia a las diferencias o las críticas.
  1. Aquellos proyectos de grupo que promueven la autonomía, estimulan a plantearse interrogantes y a hablar claro sobre las creencias, mientras que en el otro extremo encontramos la evitación de preguntas y el ocultamiento de doctrinas o prácticas a personas externas al grupo.
  1. Una propuesta de grupo que descanse sobre la autonomía, persigue la integración con la familia y el entorno, mientras que en el otro extremo se fuerza la ruptura o la desconexión emocional del mundo.
  1. Las propuesta de grupo que fomentan la autonomía permiten que las personas puedan abandonar el proceso, mientras que en el otro extremo nos encontramos las amenazas o coacciones emocionales para que no abandonen.
  1. Las propuestas basadas en la autonomía persiguen cubrir las necesidades espirituales, mientras que en el otro extremo aparece la explotación y el parasitismo como un funcionamiento habitual.
  1. Los proyectos grupales que desarrollan la autonomía, contemplan una serie de principios o doctrinas que pueden ser discutidas con personas externas, aceptándose la crítica, mientras que en el otro extremo aparece la infalibilidad de las doctrinas, el sentimiento de persecución externa y la no aceptación de la crítica o la intimidación de aquellos que critican.
  1. Los proyectos de grupo basados en la autonomía, entienden que el mundo es complejo y que no hay respuestas únicas, mientras que el otro extremo aparece un self fundamentalista que niega al cambio y la incertidumbre mediante un proyecto simplificador.
  1. Los proyectos de grupo que fomentan la autonomía pueden comportar el empleo del dinero, pero suele ser un medio que queda sujeto a directrices éticas, mientras que en el otro extremo el dinero es un objetivo, sin estar sujeto a directriz ética alguna.
  1. Finalmente, un proyecto de grupo que busca la autonomía tiende a estimular la simbolización, la creatividad, la relación abierta con el entorno y la implicación social, mientras que en el otro extremo encontramos un enganche al refugio grupal, una merma de las capacidades de simbolización y una destrucción de la creatividad porque es contraria al fundamentalismo inherente de la relación sectaria.

Referencias

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  1. Psicólogo (COPC). Psicoterapeuta (iPsi/FEAP). Psicoanalista (SEP-IPA). Miembro de la Junta Directiva de la Sección de Psicoterapia Psicoanalítica de la FEAP. Miembro de la International Cultic Studies Association (ICSA). Miembro del consejo editorial de la International Journal of Cultic Studies, así como fundador de la revista Traspasos, Revista de Investigación sobre Abuso Psicológico. Colabora en el Máster de Espiritualidad Transcultural, impartido por la Fundación Vidal y Barraquer. Coordina el Grupo de Trabajo sobre Derivas Sectarias del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña (COPC). En los últimos dieciséis años, se ha especializado en la ayuda terapéutica a familiares y ex adeptos de relaciones sectarias, combinando su desarrollo como psicoterapeuta con intervenciones de exit counseling. El pasado año 2005, la International Cultic Studies Association (ICSA) le concedió el premio Hebert Rosedale otorgado en reconocimiento del liderazgo en la ayuda a familiares y ex miembros de sectas, así como en el esfuerzo en la sensibilización sobre el problema. En 2010 fundó la AIIAP en colaboración con profesionales de México y Argentina, un asociación profesional de especialistas en dinámicas de sectarismo y abuso psicológico de ámbito español y latinoamericano. Coordinó Estudios clínicos sobre sectas (2004). Ha escrito numerosos artículos en revistas especializadas y colabora regularmente con los medios de comunicación. Mantiene los sitios web de EducaSectas, HemeroSectas y EducaSectas Vídeos.

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